lunes, 11 de enero de 2010

El ingenioso saxofonista - Libro Primero

Hola Carrisuayxos.
El otro día los reyes magos se personaron en mi casa y me dieron un regalo. Se trata de un manuscrito muy antiguo escrito en la vieja lengua de los Senofoxas, un pueblo que invadió la península ibérica hace muchos años de forma tan sabia y tan discreta que nadie se dio cuenta de ello. Entre ellos había grandes escritores que contaban las épicas de sus hérores e, incluso, de héroes ajenos o rivales. Su vieja lengua se perdió, pero encontré un traductor en internet (ya se sabe que en internet hay de todo) y me dispuse a traducirlo. El libro narra las historias de un tal Don Canini de Agost y su escudero Pablo el de Rosendo. Las aventuras han sido relatadas por uno de los más sabios cronistas de su época, el renombrado Carrillos Hamete Berengeneli. Sin más artificio, paso a contaros la historia. Espero que os guste:

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-- Capítulo uno: De cómo Don Canini de Agost es armado Saxofonista.

En un barrio de Agost , de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un saxofonista de los de caña en boquillero, slap potente, estuche enorme y abrazadera de goma elástica. Se cuenta que, de tanto interpretar obras contemporáneas secósele el seso e iba por su barrio convencido de que todo el mundo gustaba de esa música. Hurgando por entre sus pertenencias, buscaba equipo para partir a la aventura.
Encontró un atril medio oxidado, un saxofón barítono con la llave de octava unida mediante cinta aislante, partituras medio roídas y una bicicleta de montaña de hace más de veinte años. Había decidido su aventura: convertirse en un saxofonista andante, de los de profesor famoso. El nombre que había escogido para su profesor era Dulcisuay del Agosto. Su hermana le decía que en Agost no había ningún conservatorio y mucho menos uno que pudiera albergar a alguien de la calidad que el saxofonista decía que tenía su maestro. Así, poco a poco, se fue dando cuenta de que necesitaba hacer una prueba de nivel para que le dieran el título y poder ejercer como saxofonista. Fue de esta sin par forma como comenzó su primera aventura: Partió sin avisar de las tierras de Agost y llegó a Novelda, donde había escuchado que había un gran conservatorio. Se plantó delante de la banda del pueblo y gritó: "¡A del conservatorio! Se presenta ante ustedes Don Canini de Agost, alumno aventajado del maestro Dulcisuay del Agosto para que se le realice una prueba de nivel, mero formalismo para poder cabalgar las tierras en busca de aventuras y conciertos". De dentro se escuchó un ruido, como de atriles caer al suelo y pasos precipitados. Se abrió la puerta y una mujer de pelo rizado le abrió la puerta: ¿Quién eres? esto no es ningún conservatorio.
- Ah, veo que a vos concertista de la filarmónica de esta villa os han hechizado y hecho creer que el lugar que pisas no es un conservatorio pero yo sé que sí, que para esto tengo mucho ojo y, creédme, no suelo equivocarme. Tú me harás la prueba de nivel pero antes dime tú nombre, oh concertista.
La pobre chica que había salido con prisas de la habitación donde estaba estudiando la escala de do # menor por terceras tirando por el camino atriles y percusiones varias, le contestó que se llamaba Ana y que también tocaba el saxo. Sin más pregunta se adentró nuestro saxofonista a lo que el pensaba conservatorio, montó su viejo saxofón barítono y se puso a tocar. Ana se quedó maravillada con el dominio del Slap y de los sobreagudos y, en parte para que le dejara estar, le escribió en una servilleta de papel (pues no encontraba ningún útil impregnable más adecuado) que había superado la prueba de nivel, cualquiera que fuera.
Así fue como Don Canini se armó Saxofonista y decidió recorrer toda la provincia de Alicante dando conciertos y recitales. Antes de marcharse, como si se hubiera olvidado de algo, le dijo a su firmante:
- Y, no se preocupe que yo me encargaré del mago malvado que os ha hechizado haciendoos pensar que vuestro conservatorio es banda y no lo que es en realidad. Se llama José Alberto y es un mago murciano muy malvado que dice que es de Yecla para engañar a los incautos.

Y Don Canini regresó a su barrio sabiendo que, como todo concertista andante, necesitaba un escudero pianista acompañante que le ayudara a dar los recitales.

--Capítulo dos: De cómo Pablo el de Rosendo es vuelto escudero pianista acompañante.


No muy lejos de donde vivía nuestro saxofonista había un restaurante en el cual trabajaba de vez en cuando un mozo no muy hábil para distinguir colores, pero que se pasaba las tardes tocando la pianola (es decir, dándole vueltas a la manivela que accionaba el mecanismo que la hacía sonar). En él pensó Don Canini cuando necesitó un escudero pianista acompañante y a él se dirigió nada más arribar a su casa, sin apenas descansar.
Llegó al restaurante donde a veces trabajaba y no lo encontró. Le dijeron que se había ido con la moto a no sé donde. Don Canini sí que lo sabía y no tardó en encontrarlo. Su nombre era Pablo y le llamaban "El de Rosendo" en honor a su padre, un excelente electricista de los de antes, cable en mano. Iba vestido todo de verde, a pesar de ser ese el color que menos reconocía y estaba mirando en el tablón de la casa de cultura un póster de la actuación que hubo el viernes pasado de algún cuarteto de cuerda sin importancia. Se le acercó Don Canini y le dijo:
- Maese Pablo, no malgaste su talento en esmirriados cuartetos de cuerda. Véngase conmigo de escudero pianista acompañante pues de buena mano sé que usted se maneja bien con las teclas y yo le haré director no de un cuarteto de cuerdas, sino de una orquesta filarmónica como nunca una se ha conocido: La orquesta filarmónica de la ínsula de Barataria (la OFIB).
- Pero, señor, yo no sé tocar el piano, solamente le doy vueltas a la manivela de la pianola... ¡y mucho menos podría hacer de pianista acompañante!
- Tirapallá nene y vente a acompañarme, que de todos es sabido que los instrumentos de tecla son los más fáciles, que cuando pulsas la nota ésta suena y no hace falta afinarla ni nada.
Pablo intentó replicar, pero Don Canini de Agost ya le estaba agarrando de la camiseta y llevándoselo a una nueva aventura. Había oído hablar de que en egipto sabían manejar muy bien el oro y quería una abrazadera de aquel material noble para que su instrumento sonara, según había leído en algún libro de abrazaderas, más cálido y profundo.

-- Capítulo tres: De las aventuras que Don Canini y Pablo vivieron en Aspe pensando que era Egipto.

Un día tardaron en hacer las maletas y llenar las alforjas de provisiones, pues se disponían a viajar al cálido y lejano Egipto. Montaron al primer bus que encontraron y, aunque ponía Aspe, Don Canini alegó que era otro hechizo del malvado José Alberto y que no había de qué preocuparse pues él podía ver a través de sus hechizos. Entre éstas y otras pláticas, Pablo no pudo aguantar el cansancio y cayó rendido en su asiento del autobús. Cuando se levantó, habían llegado ya al hechizado Egipto.
- Juraría que sólo he dormido durante 15 minutos.- dijo Pablo.
- Oh, no, mi amigo, eso es lo que el malvado José Alberto quiere que pienses. Hemos atravesado montañas y océanos enfrentándonos a los más peligrosos retos jamás imaginados. Para costear el viaje he tenido que, encomendándome a mi maestro Dulcisuay del Agosto, deleitarlos a todos dando un concierto con todas las cadencias que me sabía, más alguna improvisación de Rio Noda y alguna obra contemporánea de Sixto Herrera. Tan satisfechos quedaron todos que no tuvieron problemas en dejarnos viajar en el barco y luego en el autobús hacia Egipto. Ahora dirijámonos al conservatorio de Egipto, que seguro que allí tendrán la abrazadera de oro que me estará esperando desde tiempos inmemoriales.
Pablo siempre había pensado que en Egipto haría más calor, pero le pareció tan convincente la explicación de su compañero que no se quejó más.
Caminaron por las calles y, frente a un local, Canini se paró de golpe:
- ¡A del conservatorio! Vengo a ganar la que sin duda me merezo abrazadera de Oro.
Le abrió un hombre risueño y moreno, con mucha planta de egipcio que le dijo que era una banda y que no tenían abrazaderas de oro. Apareció entonces a su lado otro idéntico a él y Don Canini le dijo entredientes a su escudero:
- ¿ves? Está bajo el hechizo de José Alberto y le ha aparecido un gemelo que seguro que es malvado.
El hombre se llamaba Santiago y su gemelo, malvado según Don Canini, Vicente. Santiago era un saxofonista de la banda de su pueblo que no era Egipto, sino Aspe. No obstante, la verdad es que sí que dominaba el lenguaje jeroglífico y en vista de la locura de su huésped, urdió un plan para deshacerse de él y que todos fueran felices. Le dijo lo siguiente:
- Señor, teníamos la boquilla de oro que usted decía, pero el malvado mago José Alberto la hechizó y la transformó en esta cuerda elástica.
- Oh, qué torpe José Alberto, sin saberlo ha convertido la boquilla de oro en algo más preciado todavía: "La goma elástica de Mambrino". Déle un piano a mi escudero, que vamos a tocar una obra como jamás escucharás otro, en honor a mi maestro Dulcisuay del agosto, a quien me encomiendo.
Y fue así como dio su primer recital con escudero pianista acompañante. Y, a pesar de su locura (que algunos dicen que fue transitoria en el tiempo en que duraron sus aventuras), consiguió deleitar tanto a los allí presentes que se arrepintieron de solo obsequiarle con la goma elástica y le dieron también un trapo para limpiar el saxofón. El trapo de Fierabrás. Lo usó con su saxo y dijo que lo había limpiado como sólo un trapo mágico del nivel de aquel podía hacer. Pablo lo intentó usar en el piano que acababa de usar pero lo dejó mojado. Refunfuñando escuchó las palabras de Don Canini que le dijeron:
- Debe ser que el trapo de Fierabrás sólo posee sus propiedades mágicas cuando limpia saxofones y que a los otros instrumentos, por su condición de objeto mágico, les hace más mal que bien.
- Ah, pues quédese usted el trapo de FieroUbis ése y yo seguiré limpiando los pianos y pianolas con su tapete como hasta ahora.
Y así fue como Don Canini de Agost consiguió completar su equipo y partió en busca de más y más conciertos acompañado de su fiel escudero pianista acompañante Pablo el de Rosendo.

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Bueno, y hasta aquí la primera parte de la historia. En la próxima parte veremos las aventuras que viven de camino a Agost, que no serán pocas. 

¡Hasta la vista Carrisuayxos!

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